lunes, 17 de febrero de 2014

Mi segunda vez

Me pesan los respiros, me pesa la ropa, me pesa el pelo, me pesa el cuerpo.
Me escondo.
Me pierdo, pierdo, no gano, no encuentro, pienso, me pienso.
Me pesan los ojos, me pesan los pensamientos, me pesa la vida, me peso.
Me pesa el sueño que no logro conciliar hace tres días.
Sueño.


martes, 29 de octubre de 2013

Carta abierta a nadie.

Estimados terrícolas:

Se me está cayendo el mundo encima. 

Fin del comunicado. 

miércoles, 9 de octubre de 2013

Cuando se fue

Desperté ese día, cuando las cosas ya habían cambiado y sentí como el vacío llenaba de lado a lado mi habitación. En mis dientes anidé la melancolía que no pude comunicarle y paso a paso dejé que las cuerdas se fueran adelgazando hasta cortarse. La distancia se hacía cada segundo más pesada hasta que sus pupilas significaron un dolor tan grande que preferí dejar de mirarlas.
Desperté y el techo seguía siendo blanco, las paredes seguían siendo moradas, pero ella ya no estaba ahí. Nunca había estado en realidad. Quizás un día descubramos por qué yo no estaba hecha para estar con ella, porqué la quise y la quería y ella hacía que mi cuerpo tronara al ritmo de las orquestas en París. Pero París estaba demasiado lejos y ella y yo demasiado, y cuando digo demasiado quiero decir realmente demasiado cerca.
No desperté. No me movía. Ella ya no existía y en mi el vacío se hacía pleno. Había estado conmigo durante tantos segundos en mi vida que me costaba pensar en que ya no estabas ahí, pero los fantasmas se habían llevado su cuerpo y se habían tragado toda su felicidad.
Por mi rostro caían las palabras que no me esforcé por decirle, esas que se ahogaron entre la impotencia de verla llorar, y frente a mis ojos se escribía esta historia que estaba a punto de terminar.
Me levanté y deseé no verla más, nunca, nunca más. En todas partes podía sentirla, podía recordarla, podía pensarla, porque ella estaba presente en mis secretos, en mis caídas y en los cientos de vuelos que emprendí una y otra vez.
Ordené sus cosas, las junté y las guardé en dos maletas. Guardé ahí los recuerdo, los silencios. Guardé los abrazos y todas esas cosas que ella ya había olvidado y cuando salí las dejé en la puerta, por si un día las viene a buscar.
Yo la espero todos los días un poquito, a ver si deja la cobardía de lado y viene a abrazarme como lo hacía antes. Espero a que pregunte cómo estoy antes que yo, que tenga los cojones de pensar para ella, que vea que sigo aquí, no me he ido y no me iría. No me iré.
Pero hoy no vuelvas, porque no estoy.

Moriremos congelados.

jueves, 25 de abril de 2013

Me quiero hermosa, Golondrina.

Es momento de volver a la base, volver al inicio, volver a empezar para mi, por mi, conmigo.

Tengo este puñado de sueños por los que decidí dejar de luchar y hoy, que los tengo de nuevo frente a mi, quisiera llegar a la luna y tragarme el mundo entero, porque sé que de eso soy capaz.

Quise construir una vida, mi vida, nuestra vida, sobre la confusión que traía encima, sobre mis inseguridades, sobre mis miedos, sobre el vacío mismo. Y tú tuviste que cargar con tanto miedo y tanto egocentrismo. Perdí en mi lucha y me apagué. Las estrellas que alguna vez brillaron a mi alrededor se desvanecieron entre tanto polvo, la magia que traía dentro de mi dejó de hacer efecto, mis ojos dejaron de brillar con el salir del sol. Mi pelo se volvió opaco y mi sonrisa se dibujaba tan tenue que parecía no ser real. Y aquí llegamos, al extremo de la realidad, donde no soy capaz de mirarme al espejo y ver el tipo de mujer que soy, ese momento en que dejo de sentirme golondrina porque mi plumas se secaron por dejar de usarlas. Dejé de volar al sol pensando que estaba en él, y todo en mi se marchitó.

Hay tantos cambios que hacer en mi vida, pero voy a partir por mi, voy a partir por quererme a mi. Porque antes que lo hacía fue cuando descubrí que le cielo era infinito y en él infinita me sentía yo. Pues yo también soy infinita, yo soy Golondrina que vuela entre las nubes y se pierde, pero siempre encuentra el camino. Me perdí. Me encontré. Quiero seguir. Quiero volar. Seré feliz, sin importar lo que pase, seré la mujer que hace mucho tiempo dejé de ver cada mañana. No importa la ropa que use, no importan los kilos de más. Seré la mujer maravillosa que alguna vez conociste. No por ti. Porque yo no era feliz por ti antes de conocerte. Era feliz poque quería ser feliz. Y ahora que me doy cuenta de cuánta falta me hace esa felicidad la quiero conmigo de nuevo. Lo haré una y mil veces, por sentirme la persona más capaz del planeta, porque lo soy. Por sentir que puedo llegar al sol y acampar en él si quisiera, porque la luna y las estrellas me guíen cada noche. Volveré a sonreír sin explicación y haré que todos a mi alrededor lo hagan. No sé cómo. No sé por qué. Solo porque quiero hacer.
No es fácil ser feliz, para nada... Pero cómo no serlo si me encuentro con sorpresas como esta:


Mi monito galón. 

PS: No me rendiré, ni hoy, ni nunca. Yo te cuido.




martes, 9 de octubre de 2012

He perdido la inteligencia.

domingo, 30 de septiembre de 2012

NO TENGO POR QUÉ MIERDA SENTIRME SIEMPRE CULPABLE POR TODO, TODO, TODO LO QUE PASA.
NO, NO TENGO. NO ES MI PUTA CULPA. NO LO ES.
CÁLLATE ESTÚPIDO CEREBRO. CALLATE, CALLATE, CALLATE.
AGH LA MIERDA.


Soy estúpida, gracias.
Un paso detrás de otro sus pies se balanceaban al compás de su corazón. Golpeaban el suelo de tal manera que podrían haber machacado uvas para servirle el vino al día siguiente -o en cincuenta años más. Sus zapatillas negras se quejaban del apuro y del áspero alfalto. No había descanso. Las suelas gastadas, la lona desteñida, los cordones desatados cada veinte minutos. Todo era un juego zigzagueante. Un oleaje de placeres y temores. Sus pies se movían tensos y seguros, uno detrás de otro. Bailaban tango, o algo parecido. Acariciaban el viento y zapateaban al andar.
No había rumbo, nunca lo había.
Las hebras de su cabello se abrían paso justo cuando empieza su cara. Un flequillo delicadamente cortado con navaja nueva que dejaban ver sus pupilas y sus enormes ojos verdes. Verde pasto, verde musgo, verde tulipán, verde cielo, verde... verde. Verde. Las margaritas en sus mejillas y sus pecas distraían de los frenillos que se entrelazaban con sus dientes. Las puntas perfectamente cortadas rozaban sus hombros y se columpiaban al andar, ondeaban al girar y brillaban incandescentemente con la luna.
Sus caderas diminutas ondeaban profundas en su caminar. Viajaban en cada vuelta. Iban y venían en fracciones de segundo. Hacían que su espalda se viera tan pequeña y larga como era.
El camino que se hacía en medio de su espalda suave. El relieve del sendero eran una a una sus vértebras sobresalientes. Y en lo alto, justo detrás de la punta de su cabello había una pequeña luna, minúscula luna menguante que contenía sus ideas, emociones y angustias.
Sus pies, su cabello, sus caderas, sus vértebras y su luna andaban en línea recta, sin rumbo, con ritmo atópico e ininterrumpido.
Su cara lucía una coma, una línea delicada entre sus cejas. Era el sol y los mil pensamientos que rondaban su cabeza. Las ganas de amarrarla a las vías del tren y matarla, quizás.

----o----

Su ritmo incesante me ponía nerviosa. Lo odio terriblemente. Siempre termino por ver su espalda alejarse. Siempre termino por vociferar su nombre rogando que de la vuelta o al menos que pare. Preferiría que pare porque su cara siempre evoca un "te odio" que no quiero imaginarme. Siempre veo sus pies golpear la tierra tan fuerte, sus manos caer a los costados y su espalda... su triste y solitaria espalda.
Podría quedarme mil veces mirándola ir. Ver como bailan sus piés, como danza su melena brillante que deja, a veces, ver un poquito de su luna, nuestra luna. Veo cómo sus vértebras se acomodan en cada paso, como sus caderas ondean complacientes un poco más abajo de la mitad de su cuerpo. Podría quedarme mirando en cámara lenta como me ignora y se va, pero no puedo. No soporto ver cómo esa cintura se aleja sin mis manos al rededor. Ni ver su cara odiándome sin una caricia. Ni sus labios sin un beso.
Cuando la distancia fue la menos próxima soportable mis pies sin acusar permiso comenzaron a caminar tras ella. Mi voz gritaba su nombre, pero ella no hacía nada, quizás nunca estuve gritando. Mis rodillas, con todo el peso encima, se movieron rápido y terminamos, yo y mo cuerpo, por comenzar un trote lento. En cinco segundo me encontraba a un solo paso de ella, mientras ella seguía ignorándome. En mi imaginación vi cómo mis manos recorrían su circular y perfecta cintura y en un movimiento táctico y casi armónico se da vuelta para gritarme. Yo la beso sin escucharla, sin escucharme tampoco. Cierro sus labios con los mios de la más húmeda y tierna manera que conozco. Pero no pude, se me había arrancado un paso más allá en lo que me demoré en crear este lindo final en mi cabeza. Dije su nombre una vez más y esta vez me aseguré de que fuera en voz alta, bien alta. Pero nada. Pasos. Pasos. Pasos.
Recuperé el aliento y me quedé viéndola. Su espalda, sus caderas, su luna, nuestra luna. La vi ir esperando que volviera. La vi marchar camino al infinito. Y yo decidí esperarla. Me senté sobre en el asfalto tibio hasta que cayó el sol. La luna me contó que había llegado bien, pero que todavía no se acordaba de mi. Los perros me contaron que comió jalea en la noche y se tomó un té. Que se quedó dormida en el living y con el televisor encendido. A las 12 le pregunté al sol si ya había despertado, pero ella no le había dejado entrar en la casa.
Yo la sigo esperando. Sé que estaré cuando vuelva, así pase un siglo, o uno y medio. Sé que estaré cuando vuelva. Porque no importa cuántas veces se marche mostrándome su espalda. Su sonrisa es mucho más encantadora.